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Terapia en Abuso, caminar juntos

  • Pamela Lorca Santander
  • 26 ene
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 5 feb

Por qué escribir sobre esto. Son tantas razones, todas hacen una de alguna manera. La mirada, la palabra de otro restituye, conforma, confirma y conforta. No podemos solos y hay algunos que están solos, pero que leen o escuchan. A algo que uno escribe, cualquiera se pueda sumar, y así quien se siente solo puede saber que no lo está, quien sólo ve oscuridad puede ver que también hay tramos luminosos.


Una cosa es cómo es la terapia en genérico, otra cosa es cómo es ello para distintas personas. Por eso hay relatos. Los relatos son míos, pero provienen de los relatos de otros que me han permitido compartirlos, y sobre todo de la experiencia de caminar juntos.


A veces se siente como caminar por un campo minado, con cuidado porque sabemos que hay bombas en distintos lugares, algunas las vemos, otras las suponemos, pero otras no -porque están muy ocultas o por dificultades en nuestro propio mirar-. Tenemos cautela porque cada nueva explosión es un nuevo daño para el otro. También nos explota a nosotros, pero nuestro dolor en esto es secundario, el que importa es el otro.


Un viaje, un camino compartido, en que acompañamos por lugares riesgosos, tenebrosos, y en ello a veces vamos callados, otras veces hablando, a ratos asustados, pero se supone como terapeutas que debemos pensar y saber que estamos recorriendo el camino adecuado que llegará a un lugar bueno. Para eso vamos con los ojos bien abiertos, incluso cuando el otro los cierra ante el horror, nosotros no podemos cerrarlos.


Creo que la psicoterapia en abuso se trata principalmente de eso. Resistir es sostener, necesitamos sostener los acontecimientos, la historia, el padecer del otro, pero también sostenernos a nosotros. Y mientras hacemos todo eso, poder también ser implacablemente atentos al cuidado y la delicadeza. Para poder captar cada detalle en que el otro pueda volver a sentirse “extraño”, “anormal” y rescatarlo de ese lugar. A veces basta una simple pregunta, un cambio en nuestro rostro, para que el otro vuelva a sentirse despreciado. Por eso es caminar sobre un campo minado, y no podemos responsabilizar al otro de ello, porque las minas se las pusieron otros, en su propio cuerpo. Soy yo la responsable de no olvidarlo, de caminar lento, atenta, con cuidado, para no explotar nada. Mientras escribo esto pienso en todas las veces en que me he equivocado en eso, y pienso también en todas las veces en que he sentido ese caminar con el otro, con la respiración contenida, y con el alivio al final de que no haya explotado nada.


Mezcla de tristeza y esperanza, ambas cosas me aparecen cuando veo que alguien va caminando conmigo entre las bombas, y se salva, y puedo ver su rostro aliviado, a veces incluso feliz, de haberlo logrado. Me conmueve, me admira, y algo bueno estalla silencioso y cálido en el fondo de mí.


Atravesamos un infierno y de vez en cuando llegamos a un lugar lindo donde descansar, para recobrar fuerzas, esperanza y seguir.

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